sexta-feira, 27 de fevereiro de 2015

Una Mirada Bíblica al “Bautismo em el Espíritu Santo | Gregg R. Allison

batismoFogoMucho se ha dicho y escrito del Espíritu Santo, y con mucha razón. Si bien la obra del Padre en la creación y al enviar a su Hijo es algo objetivo, y  si bien la obra de Cristo en la cruz trae una salvación objetiva a todo aquel que cree, el trabajo del Espíritu está rodeado de subjetividad. Esto no lo hace menos real: que algo sea subjetivo no significa que es menos tangible. Pero si le preguntas a un grupo de hermanos, que dicen haber tenido un excelente tiempo en el Señor —donde la presencia del Espíritu Santo era evidente—, cómo sintieron al Espíritu, lo más probable es que te den respuestas diferentes, si bien complementarias. El trabajo del Espíritu Santo es algo subjetivo, sentido por el individuo, pero eso no lo hace menos real.

No es una sorpresa, entonces, que el bautismo en/con/del Espíritu Santo, la forma en la que la Tercera Persona de la Trinidad hace habitación en el cristiano, ha sido interpretado de diversas formas. Por ejemplo, está en la sangre de la denominación pentecostal el que el bautismo en el Espíritu Santo es manifestado en hablar en lenguas, en un momento subsecuente a la conversión. El propósito de este escrito es argumentar algo diferente. Es mi firme creencia que el Espíritu Santo bautiza a cada creyente tan pronto profesa fe salvadora en Cristo Jesús, y que el bautismo en el Espíritu Santo no está regularmente acompañado de fenómenos externos, específicamente el hablar en lenguas. 

Por supuesto, la opinión que importa es la opinión de Dios, revelada en la Escritura. Por tanto, veamos algunos de los pasajes claves que traten este tema y cómo poder interpretarlos, incluyendo algunos pasajes más difíciles de armonizar.

El primer bautismo

La primera ocurrencia del bautismo en el Espíritu Santo lo encontramos en Hechos 2. Por brevedad, no voy a citar el texto completo. Sin embargo, recomiendo encarecidamente que el lector pueda ir allí en su Biblia y leer la porción completa. Este momento especial, Pentecostés, era el cumplimiento de diversas promesas a lo largo del Antiguo Testamento (cp. Isaías 44:3; Ezequiel 36:25-28; Joel 2:28-32). Es también el cumplimiento de la profecía de Juan el Bautista, que él bautizaba en agua, pero Jesús bautizaría con el Espíritu Santo (cp. Mt. 3:11). Jesús mismo le había dicho a los discípulos que ellos recibirían el Espíritu Santo, para ser Sus testigos (Hechos 1:8). Dada todas estas promesas, podemos entender por qué Pedro decía que el Espíritu Santo era una promesa del Padre (Hechos 2:33), y que Pablo luego le llamara el Espíritu Santo de la promesa (Efesios 1:13). 

En Pentecostés, entonces, la promesa de Dios es completada, y los discípulos son llenos del Espíritu de Dios (Hechos 2:4). Este suceso fue acompañado de la venida de lenguas como de fuego (Hechos 2:3) que le permitieron hablar de una manera que todos los comprendían, a pesar de venir de diferentes nacionalidades (Hechos 2:7-11). Este fue uno de los momentos donde la historia del Universo tomó un giro. Así como el Espíritu había descendido en el hombre que era Dios (Lucas 3:22), ahora los hombres que Él había enviado serían llenados del mismo Espíritu (Hechos 1:4). Y ahora Pedro podía decir a todos los que escuchaban “arrepiéntanse y sean bautizados cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38). 

A partir de este momento, y a lo largo del Libro de los Hechos y del Nuevo Testamento, escuchamos de diversos hombres y mujeres que son llenados del Espíritu. Antes, en el Viejo Pacto, ciertos individuos recibieron el Espíritu. Pero a pesar de los miles de años que el Antiguo Testamento reporta, apenas escuchamos de algunos escasos individuos: algunos profetas (Números 11:29), jueces (Jueces 13:25) y reyes (1 Samuel 10:10). Lo que Pentecostés inauguró, y lo que describen las Epístolas, es que ahora grupos completos de individuos (¡cuyos nombres muchas veces no sabemos!) son llenos del Dios del Universo. Como bien dijo Pedro, este es el cumplimiento de la promesa del Padre, y es solo posible por la vida, muerte y resurrección de Jesús (Hechos 2:32-36). 

Todos fuimos bautizados

Como dije al principio, entiendo que todos los cristianos son bautizados por el Espíritu Santo, sin la señal externa de la glosolalia, el hablar en lenguas. Además de la experiencia de la historia de la iglesia hasta hoy, creo que diversos pasajes dan testimonio de esto.  En 1 Corintios 12:13, el Apóstol Pablo le dice a la iglesia que “por un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, ya judíos o griegos, ya esclavos o libres, y a todos se nos dio a beber del mismo Espíritu”. Este texto es significativo puesto que está estableciendo que todos los que formaban parte de esa iglesia habían sido bautizados en el Espíritu. Sin embargo, tan solo unos versículos más adelante dice que no todos hablaban en lenguas (1 Corintios 12:30). Si la señal del bautismo en el Espíritu Santo es el hablar en lenguas, ¿qué hacemos con aquellos en Corinto que sí fueron bautizados en el Espíritu mas no hablan en lenguas?

Algo más que debemos reconocer es que, fuera del Libro de los Hechos, solo en 1 de Corintios está el hablar en lenguas en una posición de importancia, donde aparenta ser regulado y aun desanimado si no hay intérpretes presentes. Pero si bien el hablar en lenguas es apenas mencionado fuera de los Hechos, la Escritura constantemente habla de los cristianos como el pueblo del Espíritu. Romanos habla de los cristianos como aquellos que “caminan en el Espíritu” (Romanos 8:4) y que tienen el Espíritu (Romanos 8:7); 1 Corintios habla de los cristianos como el templo del Espíritu Santo (1 Corintios 3:16; 6:19), al igual que 2 de Corintios (6:19) y (probablemente) Santiago (Santiago 4:5); Efesios dice que los cristianos fueron sellados con el Espíritu Santo (1:13); y Tito dice que fuimos lavados y regenerados por el Espíritu (Tito 3:5). Creo que es inevitable la conclusión de que el tener el Espíritu, y por tanto el haber sido bautizado en Él, es algo que se espera de todos los creyentes.

Es difícil encontrar algún pasaje donde los apóstoles se refieran a los cristianos sin encontrar cerca una mención del obrar del Espíritu en ellos, pero apenas encontramos mención de el hablar en lenguas como una marca del cristiano.

Entendiendo ciertas dificultades

Hay dos momentos particulares en los Hechos a los que debemos acudir, puesto que parecieran mostrar que el Espíritu Santo se recibe un tiempo después de la conversión. Pero antes, debo hacer un comentario hermenéutico importante: el libro de los Hechos consiste en una recolección de eventos específicos, en un período histórico específico (después de todo, son los “hechos” de los “apóstoles”). Por tanto, no debemos suponer que todas las experiencias registradas allí serán la norma a lo largo de la vida de la Iglesia. Sin embargo, tampoco podemos descartar estas experiencias simplemente porque no las vemos suceder alrededor nuestro. Como ya dijo el profeta, “A la ley y al testimonio” (Isaías 5:20). La Biblia, entendida correctamente, es lo que debe guiar nuestras experiencias y prácticas. Dicho esto, pasemos a Samaria. 

Hechos 8 registra al primer grupo de creyentes fuera de Judea. Felipe va a Samaria y predica el evangelio de Cristo, con señales que testifican de su veracidad. Aparentemente, muchos creyeron, puesto que hubo mucho gozo en la ciudad (Hechos 8:8). Sin embargo, no es hasta que Pedro y Juan vienen desde Jerusalén que ellos reciben al Espíritu Santo (Hechos 8:17). Esto pareciera sugerir que, ciertamente, somos bautizados con el Espíritu tiempo después de nuestra conversión. Pero debemos entender que lo que aconteció aquí es un suceso extraño y fuera de lo común. Lucas mismo te lo deja ver en Hechos 8:16 “pues todavía no había descendido (el Espíritu Santo) sobre ninguno de ellos; sólo habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús”. Como dice el Dr. Gregg Allison;

“el comentario aclaratorio de Lucas apunta a que esta era una experiencia inusual; este retraso no es la norma. Si la experiencia común del cristiano fuera tal retraso al experimentar el Espíritu Santo, entonces no hubiera necesidad para tal explicación”[1].

Creo que esta interesante ocurrencia pudiera ser explicada como una instancia en particular donde el Señor quería confirmar a la iglesia naciente que los samaritanos también habrían de recibir el Espíritu Santo: que ellos también serían cristianos en toda su plenitud. Dado que los samaritanos eran odiados por judíos y gentiles, creo que fue una gracia de Dios hacia ellos el permitir que los apóstoles vieran y fueran canales de la promesa del Espíritu Santo, para que ellos no fueran discriminados en ninguna manera.

El otro texto que presenta una posible dificultad es el intercambio de Pablo con los hombres en Éfeso, según nos cuenta Hechos 19. Estos eran discípulos que no habían recibido el Espíritu Santo. Sin embargo, una lectura cuidadosa del pasaje nos va a mostrar que no hay ninguna dificultad. Estos discípulos no habían siquiera escuchado del Espíritu Santo, puesto que eran discípulos de Juan, no de Jesús. Habían sido bautizados en un bautismo de arrepentimiento (Hechos 19:3-4), pero no eran creyentes en Cristo. Por tanto, no podían recibir el Espíritu Santo aún. Ahora bien, tan pronto escucharon el evangelio y creyeron, Pablo los bautizó en agua y recibieron el Espíritu Santo (Hechos 19:6-7). De hecho, vale notar que la pregunta de Pablo de “¿recibieron el Espíritu Santo cuando creyeron?” (Hechos 19:2) favorece nuestra interpretación de que lo normal es que los cristianos sean bautizados con el Espíritu Santo cuando profesan fe salvadora. 

¿Y si mi experiencia fue diferente?

Sin duda, América Latina está saturada de abusos y de experiencias “espirituales” caracterizadas por el desorden más que por vidas cambiadas. Tales sucesos son contrarios al testimonio del Espíritu Santo (1 Corintios 14:39-40) y son dañinos para quienes estén allí. Esto ha llevado a que muchos, luego de conocer mejor la Escritura, tiendan a irse un extremo opuesto, donde prácticamente niegan el poder del Espíritu y hasta ridiculicen a los que no han estudiado correctamente a la persona del Espíritu Santo. En este sentido, no podemos olvidar que tener todo el conocimiento pero no tener amor no nos hace ningún bien (1 Corintios 13:2).

Alrededor nuestro muchos testifican haber sido bautizados con el Espíritu semanas después de su conversión. Por todo lo que vimos anteriormente, es mi firme convicción que las Escrituras testifican algo diferente: que los creyentes son bautizados con el Espíritu al creer. Sin embargo, la Biblia sí nos habla de procurar ser llenos del Espíritu (Efesios 5:18), y de no apagar el Espíritu (1 Tesalonicenses 5:19). Para aquellos que muestran una fe genuina, y que dicen que una experiencia espiritual posterior a su profesión de fe ha avivado su vida y los ha llevado a un mejor tiempo en la Palabra y en oración, creo que no sería sabio ni amoroso el descartar de plano tal experiencia como algo simplemente emocional o falso. Habría que observar cada caso, pero es posible que este pudiera ser un momento donde Dios, en su gracia, le haya llenado con el Espíritu, le haya visitado de una manera especial. Esto, también, es un don de Dios, que si bien Él ya habita en nosotros, a veces Él decide llenarnos y capacitarnos de una manera especial, para un tiempo especial. Y esto, el ser llenados genuinamente por el Espíritu, es algo que debemos anhelar.


[1] Gregg R. Allison, “Baptism with and Filling of the Holy Spirit,” Southern Baptist Journal of Theology, vol. 16, no. 4 (Winter 2012): p. 12.

​Jairo sirve como director editorial de Coalición por el Evangelio y está encargado de idear y supervisar el contenido del ministerio. Sirvió en la Iglesia Bautista Internacional en República Dominicana como líder de jóvenes y asistente pastoral hasta mudarse a Louisville, Kentucky, para realizar su Maestría en Divinidad en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Patricia.

Seis Componentes do Arrependimento | Thomas Watson

arrependimento (1)

“O arrependimento é uma graça do Espírito de Deus por meio da qual um pecador é humilhado em seu íntimo e transformado em seu exterior”.

O arrependimento é uma graça do Espírito de Deus por meio da qual um pecador é humilhado em seu íntimo e transformado em seu exterior. A fim de proporcionar melhor entendimento, saiba que o arrependimento é um remédio espiritual formado de seis componentes especiais… Se um for deixado fora, o arrependimento perde o seu poder.

Componente 1 - Percepção do pecado. A primeira parte do remédio de Cristo são olhos abertos (At 26.18). Este é um dos fatos importantes a observarmos no arrependimento do filho pródigo: ele caiu em si (Lc 15.17). Ele se viu como pecador e nada mais do que um pecador. Antes que um homem venha a Cristo, ele tem primeiramente de vir a si mesmo. Em sua descrição de arrependimento, Salomão considerou isto como o primeiro componente: “Caírem em si” (1 Rs 8.47). Uma pessoa deve, antes de tudo, reconhecer e considerar o que é o seu pecado e conhecer a praga de seu coração, antes que seja devidamente humilhado por ela.

A primeira coisa que Deus criou foi a luz. Portanto, a primeira coisa que deve haver em uma pessoa arrependida é a iluminação. “Agora, sois luz no Senhor” (Ef 5.8). Os olhos são feitos tanto para ver como para chorar. Antes de lamentarmos pelo pecado, temos de vê-lo. Disso, podemos inferir que, onde não percepção do pecado, não pode haver arrependimento. Muitos que acham falhas nos outros não vêem nenhum erro em si mesmos… Pessoas são vendadas por ignorância e amor próprio. Por isso, não vêem o que deforma a sua alma. O Diabo faz com elas como o falcoeiro faz à sua ave: ele as cega e as leva encapuzadas ao inferno.

Componente 2 - Tristeza pelo pecado. “Suporto tristeza por causa do meu pecado” (Sl 38.18). Ambrósio chamava essa tristeza de amargura da alma. A palavra hebraica que se traduz por ficar triste significa “ter a alma, por assim dizer, crucificada”. Isso precisa estar presente no verdadeiro arrependimento. “Olharão para aquele a quem traspassaram… e chorarão” (Zc 12.10), como se sentissem os cravos da cruz penetrando o seu lado. Uma mulher pode esperar ter um filho sem dores, assim como alguém pode esperar arrepender-se sem tristeza. Aquele que crê sem duvidar, põe sob suspeita a sua fé; aquele que se arrepende sem entristecer-se nos deixa incertos de seu arrependimento… Esta tristeza pelo pecado não é superficial; é uma agonia santa. Nas Escrituras, ela é chamada de quebrantamento de coração: “Sacrifícios agradáveis a Deus são o espírito quebrantado; coração compungido e contrito, não o desprezarás, ó Deus” (Sl 51.17); um rasgamento do coração: “Rasgai o vosso coração” (Jl 2.13). As expressões bater no peito (Jr 31.19; Lc 18.13), cingir o cilício (Is 22.12), arrancar os cabelos (Ed 9.3) – todas essas expressões são apenas sinais exteriores de tristeza.

Essa tristeza implica (1) tornar a Cristo precioso. Oh! quão precioso é o Salvador para uma alma atribulada! Agora, Cristo é, de fato, Cristo; e a misericórdia é realmente misericórdia. Enquanto o coração não estiver repleto de compunção, ele não estará pronto para o arrependimento. Quão bem-vindo é um cirurgião para um homem que sangra por suas feridas! (2) Implica repelir o pecado. O pecado gera tristeza, e a tristeza mata o pecado… A água salgada das lágrimas mata o verme da consciência. (3) Implica preparar-se para receber firme consolo. “Os que com lágrimas semeiam com júbilo ceifarão” (Sl 126.5). O penitente tem uma semeadura de lágrimas, mas uma colheita deliciosa. O arrependimento rompe os abscessos do pecado, e, em seguida, a alma fica tranqüila… O ato de Deus em afligir a alma por causa do pecado é como o agitar da água que trazia cura, no tanque (Jo 5.4)

Contudo, nem toda tristeza evidencia o verdadeiro arrependimento… o que é esse entristecer piedoso? Há seis descrições:

1. A verdadeira tristeza espiritual é interior. É interior em duas maneiras: (1) é uma tristeza de coração. A tristeza dos hipócritas evidencia-se somente em sua face. “Desfiguram o rosto” (Mt 6.16). Mostram um rosto melancólico, mas a tristeza deles não vai além disso, como o orvalho que umedece a folha, mas não penetra a raiz. O arrependimento de Acabe foi uma exibição exterior. Seus vestidos foram rasgados, mas não o seu espírito (1 Rs 21.27). A tristeza segundo Deus avança mais além; é como uma veia que sangra internamente. O coração sangra por causa do pecado – “Compungiu-se-lhes o coração” (At 2.37). Assim como o coração tem a parte principal no ato de pecar, o mesmo deve acontecer no caso do entristecer-se. Paulo lamentava por causa da lei em seus membros (Rm 7.23). Aquele que lamenta verdadeiramente o pecado se entristece por conta das incitações do orgulho e da concupiscência. Ele se entristece por causa da “raiz de amargura”, embora ela nunca prospere até ao ponto de levá-lo a agir. Um homem ímpio pode sentir-se atribulado por pecados escandalosos; um verdadeiro convertido lamenta os pecados do coração.

2. A tristeza espiritual é sincera. É a tristeza pela ofensa, e não pela punição. A lei de Deus foi infringida, e seu amor, abusado. Isso leva a alma às lágrimas. Uma pessoa pode ficar triste e não se arrepender. Um ladrão fica triste quando é apanhado, mas não por causa do roubo, e sim porque tem de sofrer a pena… A tristeza piedosa se expressa principalmente por causa da transgressão contra Deus. Portanto, se não houvesse uma consciência a ferir, uma diabo a acusar, um inferno para servir de castigo, a alma ainda se sentiria triste por causa da ofensa praticada contra Deus… Oh! que eu não ofenda o meu bom Deus, nem entristeça o meu Consolador! Isso parte o meu coração!…

3. A tristeza espiritual Deus é repleta de confiança. É mesclada com fé… A tristeza bíblica afundará o coração, se a roldana da fé não o erguer. Assim como o nosso pecado está sempre diante de Deus, assim também a promessa de Deus tem de estar sempre diante de nós…

4. A tristeza espiritual é uma grande tristeza. “Naquele dia, será grande o pranto em Jerusalém, como o pranto de Hadade-Rimom” (Zc 12.11). Dois sóis se puserem no dia em que Josias morreu, e houve um enorme lamento fúnebre. A tristeza pelo pecado deve chegar a esse nível.

5. A tristeza espiritual é, em alguns casos, acompanhada de restituição. Aquele que, por injustiça, errou contra outrem, em seus bens, lidando com fraude, deve em sã consciência realizar a compensação. Há um mandamento claro quanto a isso: “Confessará o pecado que cometer; e, pela culpa, fará plena restituição, e lhe acrescentará a sua quinta parte, e dará tudo àquele contra quem se fez culpado” (Nm 5.7). Por isso, Zaqueu fez restituição: “Se nalguma coisa tenho defraudado alguém, restituo quatro vezes mais” (Lc 19.8).

6. A tristeza espiritual é permanente. Não são algumas lágrimas derramadas ocasionalmente que servirão. Alguns derramarão lágrimas ao ouvirem um sermão, mas isso é como uma chuva de abril – logo acaba – ou como uma veia aberta e fechada novamente. A verdadeira tristeza tem de ser habitual. Ó cristão, a doença de sua alma é crônica, e a recaída, freqüente. Portanto, você tem de tratar-se com remédio continuamente, por meio do arrependimento. Essa é a tristeza “segundo Deus”.

Componente 3Confissão de pecado. A tristeza é um sentimento tão forte, que terá expressões. Suas expressões são lágrimas nos olhos e confissão nos lábios. “Os da linhagem de Israel… puseram-se em pé e fizeram confissão dos seus pecados” (Ne 9.2). Gregório de Nazianzo chamou a confissão de “um bálsamo para a alma ferida”.

A confissão é auto-acusadora. “Eu é que pequei” (2 Sm 24.17)… E a verdade é que por meio desta auto-acusação impedimos Satanás de acusar-nos. Em nossas confissões, nos identificamos com orgulho, infidelidade e paixão. Assim, quando Satanás, chamado de acusador dos irmãos, lançar essas coisas contra nós, Deus lhe replicará: “Eles já acusaram a si mesmos. Então, Satanás, você está destituído de motivos legítimos; suas acusações surgiram muito tarde…” Agora, ouça o que diz o apóstolo Paulo: “Se nos julgássemos a nós mesmos, não seríamos julgados” (1 Co 11.31).

Entretanto, homens ímpios, como Judas e Saul, não confessaram seus pecados? Sim, mas as suas confissões não eram verdadeiras. Para que a confissão de pecado seja correta e genuína, estas… qualificações precisam estar presentes:

1. A confissão tem de ser espontânea. Tem de surgir como a água que brota do manancial, livremente. A confissão do ímpios é obtida à força, como a confissão de um homem sob tortura. Quando uma faísca da ira de Deus atinge a consciência dos ímpios ou estão sob o temor da morte, eles se prostrarão em confissão… Mas a verdadeira confissão flui dos lábios tal como a mirra jorra da árvore ou o mel da colméia, espontaneamente…

2. A confissão tem ocorrer com contrição. O coração precisa ressentir profundamente o pecado. As confissões de um homem natural procede de seu íntimo assim como uma água que passa por um cano. Elas não o afetam de maneira alguma. Mas a confissão verdadeira deixa impressões que pungem o coração. Ao confessar seus pecados, a alma de Davi sentiu-se sobrecarregada: “Já se elevam acima de minha cabeça as minhas iniqüidades; como fardos pesados, excedem as minhas forças” (Sl 38.4). Uma coisa é confessar o pecado, outra coisa é sentir o pecado.

3. A confissão tem de ser sincera. Nosso coração precisa estar em harmonia com a confissão. O hipócrita confessa o pecado, mas o ama, assim como um ladrão que confessa os bens roubados e continua a amar o roubo. Quantos confessam o orgulho e a cobiça, com seus lábios, mas se deleitam neles ocultamente… Um verdadeiro cristão é mais honesto. Seu coração anda em harmonia com usa língua. Ele é convencido dos pecados que confessa e detesta os pecados dos quais é convencido.

4. Na confissão verdadeira, o crente especifica o pecado. O ímpio reconhece que é um pecador como todos os outros. Ele confessa o pecado de maneira geral… Um verdadeiro convertido reconhece seus pecados específicos. Ele se comporta à semelhança de uma pessoa enferma que vai ao médico e lhe mostra as feridas, dizendo: “Levei um corte na cabeça, recebi um tiro no braço”. O pecador entristecido confessa as diversas imperfeições de sua alma… Por meio de uma inspeção diligente de nosso coração, podemos achar alguns pecados específicos que tratamos com indulgência. Confessemos com lágrimas esses pecados, indicando-os pelo nome.

5. Um pessoa verdadeiramente arrependida confessa o pecado em sua fonte. Ela reconhece a contaminação de sua natureza. O pecado de nossa natureza não é somente uma falta do bem, mas também uma infusão do mal… Nossa natureza é um abismo e uma fonte de todo mal, dos quais procedem os escândalos que infestam o mundo. É essa depravação de natureza que envenena nossas coisas santas. Isso traz os juízos de Deus e paralisa em sua origem as nossas misericórdias. Oh! Confesse o pecado em sua fonte!…

Componente 4 - Vergonha pelo pecado. O quarto componente no arrependimento é a vergonha. “Para que… se envergonhe das suas iniqüidades” (Ez 43.10). O envergonhar-se é a força da virtude. Quando o coração se enegrece por causa do pecado, a graça faz o rosto envergonhar-se com rubor – “Estou confuso e envergonhado, para levantar a ti a face” (Ed 9.6). O filho pródigo, arrependido, ficou tão envergonhado de seus excessos que se julgava indigno de ser, outra vez, chamado filho (Lc 15.21). O arrependimento causa um acanhamento santo. Se Cristo não estivesse no coração do pecador, não haveria tanta vergonha se expressando no rosto. Há… algumas considerações sobre o pecado que nos causa vergonha:

1. Todo pecado nos torna culpados, e a culpa nos deixa envergonhados.

2. Em todo pecado, há muita ingratidão. E essa é a razão da vergonha. Abusar da bondade de Deus, como isso nos envergonha!… Ingratidão é um pecado tão grave, que Deus mesmo se admira dele (Is 1.2).

3. O pecado mostra o que somos, e isso nos causa vergonha. O pecado nos rouba as vestes de santidade. E nos deixa destituídos de pureza, deformados aos olhos de Deus; e isso nos envergonha…

4. Nossos pecados expuseram Cristo à vergonha. E não nos envergonharemos deles? Vestimos a púrpura; não vestiremos o carmesim?

5. Aquilo que nos deixa envergonhados é o fato de que os pecados que cometemos são piores do que os pecados dos incrédulos. Agimos contra a luz que possuímos.

6. Nossos pecados são piores do que os pecados dos demônios. Os anjos caídos nunca pecaram contra o sangue de Cristo. Cristo não morreu por eles… Com certeza, se sobrepujamos o pecado dos demônios, isso deve nos causar muita vergonha.

Componente 5 - Ódio pelo pecado. O quinto componente do arrependimento é o ódio pelo pecado. Os eruditos distinguem dois tipos de ódio: o ódio das iniqüidades e o ódio da inimizade.

Primeiramente, há um ódio ou abominação das iniqüidades. “Tereis nojo de vós mesmos por causa das vossas iniqüidades e das vossas abominações” (Ez 36.31). Um cristão verdadeiramente arrependido é alguém que detesta o pecado. Se uma pessoa detesta aquilo que faz seu estômago adoecer, ela deve, com muito mais intensidade, detestar aquilo que deixa enferma a sua consciência. É mais fácil abominar o pecado do que deixá-lo… Não amamos a Cristo enquanto não odiamos o pecado. Nuca anelamos o céu enquanto não detestamos o pecado.

Em segundo, há um ódio da inimizade. Não há melhor maneira de descobrir vida do que por meio do movimento. Os olhos se movem, o pulso bate. Portanto, para constatar o arrependimento, não há sinal melhor do que uma antipatia santa para com o pecado… O arrependimento correto começa no amor a Deus e termina no ódio ao pecado.

Como podemos discernir o verdadeiro ódio para com o pecado?

1. Quando a pessoa se mantém resoluta contra o pecado. A língua lamenta amargamente o pecado, e o coração o odeia, de modo que, embora o pecado se apresente de forma atraente, nós o achamos detestável e o abominados com ódio mortal, sem levarmos em conta a sua aparência agradável… O diabo pode vestir e disfarçar o pecado com prazer e proveito, mas um verdadeiro penitente, que tem ódio secreto pelo pecado, sente repulsa e não se envolverá nele.

2. O verdadeiro ódio pelo pecado é abrangente. Isso se aplica a dois aspectos: no que diz respeito às faculdades e ao objeto. (a) O ódio pelo pecado é abrangente no que concerne às faculdades da alma, ou seja, há um desgosto para com o pecado não somente no juízo, mas também na vontade e nas afeições. Há alguns que são convencidos de que o pecado é maligno e, em seu juízo, têm uma aversão para com ele. Mas acham-no agradável e têm satisfação íntima nele. Nesse caso, há um desprazer do pecado no juízo e um aceitação dele nas afeições. No verdadeiro arrependimento, o ódio pelo pecado está presente em todas as faculdades da alma; não somente no intelecto, mas, principalmente, na vontade. “Não faço o que prefiro, e sim o que detesto” (Rm 7.15). Paulo não era livre do pecado, mas a sua vontade se posicionava contra o pecado. (b) O ódio pelo pecado é abrangente no que concerne ao objeto. Aquele que odeia um pecado odeia todos… Os hipócritas odeiam alguns pecados que mancham sua reputação, mas o verdadeiro convertido odeia todos os pecados: os pecados que produzem vantagem, os pecados resultantes de nossas inclinações naturais, as próprias instigações da corrupção. Paulo odiava as obras do pecado (Rm 7.23).

3. O verdadeiro ódio pelo pecado se manifesta contra o pecado em todas as suas formas. Um coração santo detesta o pecado por causa de sua contaminação natural. O pecado deixa uma mancha na alma. Uma pessoa regenerada aborrece o pecado não somente por causa da maldição, mas também por causa do contágio. Ele odeia essa serpente não somente por causa de sua picada, mas também por causa de seu veneno. Abomina o pecado não somente por causa do inferno, mas como o próprio inferno.

4. O verdadeiro ódio pelo pecado é implacável. O cristão genuíno nunca mais se conciliará com o pecado. A ira pode experimentar conciliação, porém o ódio não pode experimentá-la…

5. Onde há verdadeiro ódio pelo pecado, nos opomos ao pecado em nós mesmos e nos outros.A igreja de Éfeso não podia suportar aqueles que eram maus (Ap 2.2). Paulo repreendeu arduamente Pedro por causa de sua dissimulação, embora este fosse um apóstolo. Com insatisfação santa, Cristo expulsou os cambistas do templo (Jo 2.15). Ele não tolerou que o templo sofresse uma mudança. Neemias repreendeu os nobres por sua usura (Ne 5.7) e pela profanação do sábado (Ne 13.17).

Aquele que odeia o pecado não suportará a iniqüidade em sua família – “Não há de ficar em minha casa o que usa de fraude” (Sl 101.7). Que vergonha se manifesta quando os magistrados mostram força de espírito em suas paixões e nenhum heroísmo em suprimir o erro! Aqueles que não tem qualquer antipatia para com o pecado não conhecem o arrependimento. O pecado está neles como o veneno está em uma serpente e, por ser natural, lhe proporciona deleite.

Quão distantes estão do arrependimento aqueles que, ao invés de odiarem o pecado, amam-no! Para os santos, o pecado é um espinho nos olhos; para os ímpios, é uma coroa na cabeça – “Que direito tem na minha casa a minha amada, ela que cometeu vilezas? Acaso, ó amada, votos e carnes sacrificadas poderão afastar de ti o mal? Então, saltarias de prazer” (Jr 11.15). Amar o pecado é pior do que praticá-lo. Um homem bom pode precipitar-se cair em uma atitude pecaminosa, mas amar o pecado é desesperador. O que faz um porco amar o revolver-se na lama? O que faz um demônio amar aquilo que se opõe a Deus? Amar o pecado mostra que a vontade está no pecado; e, quanto mais a vontade estiver no pecado, tanto maior ele será. A obstinação faz com que não haja mais purificação para o pecado (Hb 10.26). Oh! quantos existem que amam o fruto proibido! Amam as imprecações e os adultérios. Amam o pecado e odeiam a repreensão… Portanto, quando os homens amam o pecado, apegam-se àquilo que será a sua morte e brincam com a condenação, isso indica que “o coração dos homens está cheio de maldade” (Ec 9.3). Isso nos persuade a mostrar nosso arrependimento por meio de um ódio amargo para com o pecado…

Componente 6 - Converter-se do pecado. O sexto componente no arrependimento é converter-se do pecado… Esse converter-se é chamado de abandonar o pecado (Is 55.7), tal como um homem que abandona a companhia de um ladrão ou de um feiticeiro. É chamado de lançar para longe o pecado (Jó 11.14), como Paulo lançou de si aquela víbora, atirando-a ao fogo (At 28.5). Morrer para o pecado é a vida do arrependimento. No mesmo dia em que o crente se converte do pecado, deve se regozijar com um gozo eterno. Os olhos devem fugir de vislumbres impuros. O ouvido tem de fugir dos escárnios. A língua, do praguejamento. As mãos, dos subornos. Os pés, dos caminho das meretrizes. E alma, do amor à impiedade.

Esse converter-se do pecado implica uma mudança notável. Converter-se do pecado é tão visível, que os outros podem percebê-lo. Por isso, é chamado de uma mudança das trevas para a luz (Ef 5.8). Paulo, depois de ter recebido a visão celestial, ficou tão diferente, que todos se admiraram da mudança (At 9.12). O arrependimento transformou o carcereiro em um enfermeiro e médico (At 16.33). Ele cuidou dos apóstolos, lavou-lhes as feridas e serviu-lhes comida. Um navio se dirige ao leste; e o vento muda seu rumo para o oeste. De modo semelhante, um homem se encaminhava para o inferno, mas o vento contrário do Espírito soprou, mudou o seu rumo e o fez andar em direção ao céu… Essa mudança visível que o arrependimento produz em uma pessoa é como se outra alma se abrigasse no mesmo corpo.

Para identificar corretamente o converter-se do pecado, essas poucas coisas são necessárias:

1. Tem de haver um volver-se sinceramente do pecado. O coração é o primum vivens, a primeira coisa que vive. E tem de ser o primum vertens, a primeira coisa que se volve. O coração é aquilo por que o Diabo se empenha arduamente… No cristianismo, o coração é tudo. Se o coração não é convertido do pecado, ele não passa de uma mentira… Deus quer todo o coração convertido do pecado. O verdadeiro arrependimento não pode ter reservas nem outros ocupantes.

2. Tem de haver um volver-se de todo pecado. “Deixe o perverso o seu caminho” (Is 55.7). Uma pessoa verdadeiramente arrependida abandona o caminho do pecado. Ela deixa todo pecado… Aquele que esconde um subversivo em sua casa é um traidor da nação. E aquele que satisfaz um pecado é um hipócrita traiçoeiro.

3. Tem de haver um volver-se do pecado por motivos espirituais. Um homem pode restringir seus atos de pecados e não converter-se do pecado da maneira correta. Atos de pecados podem ser restringidos por temor ou desígnio, mas uma pessoa verdadeiramente arrependida deixa o pecado com base em um princípio espiritual, ou seja, o amor de Deus… Três homens perguntaram um ao outro o que os fizera abandonar o pecado. Um disse: “Acho que são as alegrias do céu”. Outro respondeu: “Acho que são os tormentos do inferno”. Mas o terceiro disse: “Acho que é o amor de Deus; e isso ainda me faz abandonar o pecado. Como eu ofenderia o amor de Deus?”

Escrito por Thomas Watson

Editado por Lucas Machado da Nóbrega

Via: LOGUS AETERNUM

terça-feira, 24 de fevereiro de 2015

sábado, 14 de fevereiro de 2015

Amor e ódio de mãos dadas | Rev. Hernandes Dias Lopes

Amor e ódio são sentimentos antagônicos e irreconciliáveis. Estão sempre em oposição. Não podem caminhar juntos. Abraçar um é repudiar ode-maos-dadas outro. Porém, num certo aspecto, amor e ódio precisam dar as mãos. Escrevendo sua carta aos romanos, o apóstolo Paulo afirma: “O amor seja sem hipocrisia. Detestai o mal, apegando-vos ao bem” (Rm 12.9). Aqui, amor e ódio não se excluem mutuamente; completam-se. Não são opositores, mas parceiros!

O amor deve ser o vetor que guia os nossos passos e inspira as nossas motivações. Sem amor, nossa voz é um barulho confuso e nossas obras são pura vaidade. Sem amor, nossas motivações são adoecidas pelo egoísmo e nossas ações são desprovidas de bondade. O amor, entretanto, precisa ser verdadeiro e não hipócrita. O que é um amor hipócrita? É aquele que se apresenta com belos discursos, mas se afasta covardemente na hora da necessidade. O amor sincero, por sua vez, é aquele cujas obras da misericórdia são os avalistas das palavras de bondade. É neste contexto que o apóstolo Paulo diz que o amor e o ódio precisam dar as mãos. Quem ama, detesta o mal e apega-se ao bem. Quem ama, não pode ser conivente com o mal nem parceiro dele. Quem ama precisa ter pulso firme para combater o mal em todo o tempo, em todo lugar e de todas as formas. O amor que se corrompe e se mancomuna com o mal é um simulacro do amor verdadeiro, uma paixão carnal que deve ser repudiada com veemência.

Mas, não basta ao amor detestar o mal. Esse é apenas um lado da moeda. É o lado negativo. Precisamos ir além. Precisamos dar mais um passo. Precisamos apegar-nos ao bem. Apegar-se ao bem, entrementes, não é defendê-lo e praticá-lo apenas ocasionalmente, mas, sobretudo, ter uma atitude firme, perseverante e consistente na defesa e na promoção do bem em todo o tempo, em todos os lugares, sob todas as circunstâncias. O pecado da omissão é mui grave aos olhos de Deus. Aquele que sabe que deve fazer o bem e não o faz peca contra Deus, contra o próximo e contra si mesmo.

Repudiar o mal sem promover o bem, condenar o erro sem praticar a justiça, refrear as mãos do erro sem estendê-las à prática das boas obras não são expressões saudáveis da fé cristã. Na mesma medida e com a mesma intensidade com que rechaçamos o mal, devemos praticar o bem. Com a mesma veemência que repudiamos o pecado, devemos buscar a santidade. Só assim, seremos o sal da terra que coíbe a corrupção da sociedade e a luz do mundo que aponta o caminho aos errantes.

Na vida do cristão, amor e ódio habitam debaixo do mesmo teto, comem na mesma mesa e se hospedam no mesmo coração: o amor ao bem e o ódio ao mal!

Rev. Hernandes Dias Lopes

sexta-feira, 13 de fevereiro de 2015

terça-feira, 10 de fevereiro de 2015

O que você ainda está esperando? | Rev. Hernandes Dias Lopes

pastoral-08022015 A proclamação do evangelho é uma missão imperativa, intransferível e impostergável. É sobre esses três aspectos da missão que escreverei.

1. A proclamação do evangelho é uma missão imperativa. O próprio Jesus ordenou: “E disse-lhes: Ide por todo o mundo e pregai o evangelho a toda criatura” (Mc 16.15). A igreja de Deus não precisa esperar nenhum fato novo para proclamar o evangelho de Cristo em todo mundo e a toda criatura. Uma ordem já foi dada e deve ser obedecida. Quem deu a ordem foi o próprio Jesus, que morreu pela igreja e ressuscitou para sua justificação. Quem deu a ordem foi o próprio dono da igreja. O universo inteiro ouve a sua voz e obedece: o sol, as estrelas, o mar, o vento, os demônios e os anjos. Será que nós, povo remido pelo sangue de Cristo, seríamos os únicos a questionar sua voz, a adiar sua ordem e e desobedecer o seu mandato? Nosso papel não é discutir a ordem, mas obedecê-la. Nossa missão não é discutir a obra, mas fazer a obra. A salvação é obra de Deus. Tudo já foi feito. O banquete da graça já está pronto. Cabe a nós ir ao mundo, anunciar essa boa-nova e contar aos pecadores que Deus os amou e enviou seu Filho para salvá-los do pecado, da morte e do inferno. Você está pronto a obedecer?

2. A proclamação do evangelho é uma missão intransferível. O propósito de Deus é o evangelho todo, por toda a igreja, em todo o mundo. Nenhuma outra instituição está credenciada a pregar o evangelho. Os anjos anelam esse sublime privilégio, mas Jesus comissionou apenas a igreja para cumprir essa missão. A igreja é o método de Deus para alcançar o mundo. Conta-se que, quando Jesus terminou sua obra salvadora na terra, morrendo pelos nossos pecados e ressuscitando para a nossa justificação, ao voltar ao céu para assentar-se no seu trono de glória, um anjo perguntou-lhe: “Senhor, tu concluíste tua obra na terra. Quem, porém, vai contar essa boa-nova para o mundo inteiro?”. Jesus respondeu-lhe: “Eu deixei doze homens preparados para cumprir essa missão”. O anjo, então, redarguiu: “Mas, Senhor e, se eles falharem?”. Jesus respondeu: “Se eles falharem, eu não tenho outro método”. Nós somos o método de Deus. Nós somos os atalaias de Deus a avisar ao mundo acerca de sua necessidade de se preparar para encontrar com Deus. Se o ímpio não for avisado e morrer na sua impiedade, Deus cobrará de nós o seu sangue. Não podemos calar a nossa voz. Deus nos constituiu ministros da reconciliação. Somos embaixadores em nome de Cristo, rogando aos homens que se reconciliem com Deus.

3. A proclamação do evangelho é uma missão impostergável. A proclamação do evangelho é uma missão urgente. Não pode esperar. Quando John Kennedy foi assassinado em Dallas, no Texas, em 22 de novembro de 1963, em apenas doze horas, a metade do mundo, ficou sabendo. Jesus Cristo, o Filho de Deus, morreu na cruz pelos nossos pecados há dois mil anos e quase a metade do mundo, ainda não ouviu essa boa-nova do evangelho. Não podemos calar a nossa voz. Precisamos ganhar esta geração em nossa geração. Um jovem índio preparava-se para ser o líder de sua tribo, quando caiu gravemente enfermo. O jovem índio já desfalecido no colo de sua mãe, perguntou-lhe: “Mamãe, eu estou morrendo e estou com muito medo. Para onde irá a minha alma?”. A mãe, aflita, respondeu-lhe: “Meu filho, eu não sei”. Aquele jovem desesperado, partiu para a eternidade sem saber para onde ia. Meses depois, chegou àquela aldeia um missionário pregando o evangelho e falando das boas-novas da salvação. De uma cabana da aldeia, saiu uma anciã com os olhos vermelhos de tanto chorar, correu em direção ao missionário. Agarrou-o pelos braços e disse-lhe aos prantos: “Por que você não veio antes? Por que você não veio antes?” Era a mãe daquele que jovem que morreu sem saber para onde estava indo. O que você ainda está esperando? É tempo de proclamar o evangelho!

Rev. Hernandes Dias Lopes

segunda-feira, 26 de janeiro de 2015